París, el 24 de mayo de 2011
Señoras y señores,
La Historia siempre recuerda aquellos lugares hacia los que, en un momento dado, todas las fuerzas creativas de una época parecen querer converger.
Así, deseando que París se convierta durante varios días en la capital de Internet, he querido reuniros en vísperas del G-8.
Este momento es importante porque es la primera vez que se reúnen, en un único lugar, todos aquellos que con su talento han contribuido a cambiar el mundo, o quizás deba decir, a hacernos cambiar de mundo.
Francia y el G-8 tienen el honor de acoger a las mujeres y a los hombres cuyo nombre está unido hoy a la aparición de una nueva forma de civilización.
Si sabemos escucharnos, hablarnos, oírnos, tengo el firme convencimiento de que podemos dar a este G-8 una dimensión histórica; de permitir a nuestra época tomar plena conciencia de sí misma y de dejar atrás formidables aventuras individuales para entrar, en igualdad de condiciones, en la historia colectiva.
Nuestro mundo ya había vivido dos globalizaciones.
De la primera, la de los grandes descubrimientos, hemos heredado un mundo acotado, un mundo al que Magallanes podía dar la vuelta, un mundo que podía explorarse y cartografiarse.
De la segunda, la de las revoluciones industriales, heredamos un espacio, no sólo acotado sino también domesticado y, a veces también, sometido.
Con la tercera globalización, aquella que habéis creado e propulsado, habéis cambiado la percepción que el mundo se hace de sí mismo.
Habéis cambiado la noción de espacio porque Internet no sólo elimina las distancias que separan a los hombres sino que abre un mundo virtual que, por definición, no tiene límites.
Un mundo en el que cada cual puede entrar en contacto con el otro.
Un mundo en que cada cual puede construir su propio territorio, su propia comunidad, su propia sociedad.
Habéis cambiado la noción de tiempo, eliminando el concepto mismo de duración en favor de una inmediatez que ofrece a cada persona la posibilidad de acceder de forma instantánea a los demás, a la información y, por qué no decirlo, al ámbito de lo posible.
Habéis cambiado incluso la percepción de la Historia porque a pesar de ser discutible a veces, en el método como en los efectos, la transparencia se ha impuesto a los Estados mismos.
Habéis cambiado la relación con las cosas y con los objetos, únicamente a través del fenómeno de la «desmaterialización».
Habéis cambiado el concepto mismo de conocimiento, ofreciendo a cada cual la posibilidad de acceder a todo el saber, y no sólo de acceder sino también de contribuir a él. El sueño de una biblioteca universal que recogiera todo el saber del mundo, ese sueño, viejo como la Antigüedad, es hoy una realidad para millones de internautas.
En unos años, habéis transformado las bases mismas de la economía mundial de la que os habéis convertido en grandes protagonistas.
Habéis cambiado el mundo.
Para mí, habéis cambiado el mundo, como lo hicieron Colón y Galileo.
Habéis cambiado el mundo, como Newton y Edison.
Habéis cambiado el mundo con la imaginación del inventor y la audacia del empresario.
Algo único en la Historia: esta revolución total es inmediata e inexorablemente global.
Algo único en la Historia: esta revolución no pertenece a nadie, no tiene bandera, no tiene eslogan: esta revolución es un bien común.
Algo único en la Historia: esta revolución se ha hecho sin violencia.
El descubrimiento del Nuevo Mundo supuso la destrucción de las civilizaciones amerindias.
La revolución mundial que encarnáis ha sido pacífica. No ha nacido en el campo de batalla sino en los campus universitarios.
Ha surgido de la combinación milagrosa de la ciencia y la cultura, de la voluntad de conocer y de la voluntad de transmitir.
La mitología propia al nacimiento de vuestro sector habla de que Google fue creado en un garaje; yo retengo, sobre todo, que Google nació en una biblioteca universitaria.
El mundo imaginario de Hollywood habla del nacimiento de Facebook, fruto de un desengaño amoroso (…). Yo, ante todo, retengo que Facebook nació dentro de un campus universitario de alto nivel.
Esta revolución que ha transformado incluso nuestra percepción del tiempo y del espacio ha desempeñado un papel decisivo en el desarrollo de otras revoluciones. En Túnez, en Egipto, simples ciudadanos de a pie han logrado desestabilizar un poder que totalmente desacreditado, construyendo barricadas virtuales y concentraciones bien reales.
Los pueblos de los países árabes han mostrado de este modo al mundo que Internet no pertenece a los Estados. La opinión internacional ha podido así comprobar que Internet se ha convertido, para la libertad de expresión, en vector de un poder desconocido.
Como cualquier revolución, la Revolución tecnológica y cultural que habéis propulsado entraña una promesa. Una promesa inmensa. Una promesa a la altura del considerable progreso que encarnáis.
Esta Revolución ha llegado a su primera etapa de madurez y no debe olvidar la promesa del principio.
Si habéis diseñado vuestros propios instrumentos, es porque soñabais con un mundo más abierto.
Si habéis creado las redes sociales que hoy reúnen a millones de mujeres y de hombres, es porque soñabais con un mundo más fraterno.
Si habéis dotado de realidad a la utopía, es porque teníais fe en el Hombre y en su porvenir.
Si habéis registrado un éxito planetario tan rápidamente, es porque esta promesa se refiere a valores universales.
Vuestra acción debe interpretarse a escala de la Historia y enmarcarse en una dinámica de civilización.
De ahí vuestra responsabilidad, porque tenéis una responsabilidad.
La nuestra, como jefes de Estado y de Gobierno no es menor. Debemos respaldar una revolución que ha nacido en el seno de la sociedad civil para la sociedad civil y que tiene un impacto directo en la vida de los Estados. Porque si la tecnología es neutra y así debe seguir, vemos claramente que los usos de Internet no lo son tanto.
Hoy, reflexionar sobre Internet implica una verdadera responsabilidad histórica y esta responsabilidad sólo puede ser una responsabilidad compartida, entre vosotros y nosotros.
Se trata, para los Estados del G-8, entre los más poderosos del mundo, de reconocer el papel que a partir de ahora desempeñáis en el curso de la Historia. Queremos estar atentos a vuestra competencia, porque tenemos cosas que aprender. Tenemos cosas que comprender. Al igual que los individuos y las empresas, los Estados no tienen la intención de perder la oportunidad del progreso actual que habéis desencadenado y que hoy encarnáis.
¿Cómo utilizar Internet para fortalecer la democracia, el diálogo social, la solidaridad? ¿Cómo utilizar Internet para mejorar la eficacia en el funcionamiento del Estado? ¿Cómo infundir en el Estado este espíritu de innovación y de empresa, característico de vuestro sector?
Se trataba también para los Estados a los que representamos de notificar que el universo que representáis no es un universo paralelo, desligado de las reglas del Derecho, exento de moral y, más generalmente, de todos los principios fundamentales que rigen la vida en sociedad de los países democráticos.
Desde el momento en que hoy Internet forma parte de la vida de la mayoría, sería contradictorio apartar a los Gobiernos de este inmenso foro. Nadie puede ni debe olvidar que los Gobiernos son, en nuestras democracias, los representantes legítimos de la voluntad general. Olvidar esto es arriesgarse al caos democrático y, por lo tanto, a la anarquía. Olvidarlo sería confundir el populismo con la democracia de opinión.
La yuxtaposición de voluntades individuales nunca ha resultado en una voluntad general.
La amalgama de las aspiraciones individuales únicamente no es suficiente para hacer un contrato social.
Los Estados y los Gobiernos disponen de la experiencia de la Historia, y yo quisiera hablaros en nombre del país que ha forjado la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
Por tanto, señoras y señores, sed fieles a la promesa de la Revolución que habéis propulsado.
El mercado tiene sus propios mecanismos de regulación pero ningún intercambio es realmente libre si los términos de dicho intercambio son injustos.
No dejéis que se construyan nuevas barreras ahí donde habéis derribado los antiguos muros del viejo mundo.
No dejéis que se instalen nuevos monopolios ahí donde habéis desbaratado situaciones de hecho que parecían inquebrantables.
Al dar a cada individuo, independientemente de donde se encuentre o desde donde hable, la posibilidad de ser escuchado por todos y en cualquier lugar, habéis dado a cada ciudadano del mundo un derecho a expresarse que no tiene parangón en la Historia. Este fantástico progreso del poder individual no puede haberse logrado a costa de los derechos del Otro.
No dejéis que la revolución que habéis propulsado vulnere el derecho fundamental de cada individuo a gozar de una vida privada y una autonomía plena. La transparencia total, la que no permite nunca descansar al Hombre, se enfrenta tarde o temprano al principio mismo de la libertad individual.
No olvidéis que detrás del internauta anónimo hay un ciudadano bien real que evoluciona en una sociedad, una cultura, una nación organizada a la que pertenece y cuyas leyes suscribe.
No olvidéis que es en el compromiso de vuestras empresas de contribuir de forma equitativa a los ecosistemas nacionales que se apreciará la sinceridad de vuestra promesa.
No dejéis que la tecnología que habéis forjado vulnere el derecho elemental de los niños a vivir protegidos de la ignominia de algunos adultos.
No dejéis que la revolución que habéis iniciado transmita el mal, sin obstáculos ni reservas. No la dejéis, a esta revolución, convertirse en un instrumento en manos de aquellos que quieren atentar contra nuestra seguridad y, por tanto, contra nuestra libertad y nuestra dignidad.
Nos habéis permitido a todos, a través de la magia de la Web, acceder con un simple clic a todas las riquezas culturales del mundo. Sería realmente paradójico que la Web contribuyera, con el tiempo, a desecarlas.
Esta inmensa riqueza cultural que hace brillar nuestras civilizaciones se la debemos a la fuerza creativa de los artistas, los autores y los pensadores. En una palabra, se la debemos a los que trabajan para encantar al mundo.
Sin embargo, esta fuerza creativa es frágil, porque si a los espíritus creativos se les despoja del fruto de de su talento, no sólo se les arruina, sino aún más grave, pierden su autonomía y se ven obligados a empeñar su libertad.
Os lo digo pensando en un hombre, un francés muerto hace más de dos siglos, que solamente con una pieza de teatro hizo tambalearse a una monarquía casi milenaria, un hombre que, además, junto a Lafayette, fue uno de los primeros defensores de la Independencia americana..
Este hombre se parece a vosotros porque, de la nada y con su inteligencia como único equipaje, fue capaz de derribar un orden considerado inmutable y eterno. Este hombre fue Beaumarchais, el mismo que inventó el principio de los derechos de autor. Y, por tanto, que hizo algo más que dar a los creadores unos derechos de propiedad sobre sus obras: les garantizó la independencia, les ofreció la libertad.
Sé y soy consciente de que nuestro concepto «francés» del derecho de autor no es el mismo que en Estados Unidos o en otros países.
Quiero simplemente reiterar nuestro apego a principios universales, aquellos proclamados tanto por la Constitución americana como por la Declaración de los Derechos Humanos: nadie debe ser expropiado impunemente del producto de sus ideas, de su trabajo, de su imaginación, de su propiedad intelectual.
(…) Antes de ser empresarios, sois creadores y es en virtud de este derecho de creación que habéis podido fundar empresas que hoy se han convertido en imperios. Estos algoritmos que contribuyen a vuestro poder, esta innovación permanente que desencadena vuestra fuerza, esta tecnología que transforma el mundo son de vuestra propiedad y nadie os lo discute. Cada uno de vosotros, cada uno de nosotros puede por lo tanto entender que el escritor, el realizador, el músico, el intérprete pueden tener los mismos derechos.
Este derecho de los creadores a poder recibir una retribución justa por sus ideas y su talento atañe también a cada uno de los Estados que representamos.
Los Estados invierten en la formación de que los que, más tarde, entran a trabajar en vuestras empresas.
Los Estados invierten en las infraestructuras técnicas que permiten el tránsito de servicios y contenidos que circulan en la Red.
Los Estados quieren abrir con vosotros un diálogo para que un día podamos encontrar una vía equilibrada entre vuestros intereses, los de los internautas que os solicitan cada día y los de los ciudadanos y contribuyentes de cada nación, que también gozan de derechos.
Estamos saliendo de una terrible crisis, fruto de la ceguera de las potencias financieras que han perdido de vista lo esencial para sacrificarlo todo a cambio del dinero.
Potencias que han querido desligarse de la mirada de los pueblos, potencias que han querido huir del diálogo con los Gobiernos electos que representan el interés general.
Es, por tanto, simplemente un llamamiento a la responsabilidad colectiva el que quiero lanzar aquí. Un llamamiento a la responsabilidad y, por consiguiente, un llamamiento a la razón.
Creemos en los mismos valores. Por eso, estoy convencido de que un camino es posible. Un camino que permita al mundo que habéis creado y del que somos herederos, caminar dentro del respeto al interés general, un mundo que se ha hecho global, en parte, gracias a vosotros.
Por eso, abramos, juntos, este diálogo indispensable. Abramos y construyamos este nuevo foro.
(…)
Muchas gracias.
El Presidente de la República francesa, M. Nicolas Sarkozy
